Arriba

No guardes silencio.

"Desde lo alto se ven los obstáculos reales, no los gigantes-molinos.
Desde lo alto, el futuro es un paisaje enigmático tan bello como real.
Un lugar al que voy a llegar”.


No importa quién seas ni lo que hagas. No importa a qué te dediques,ni la ropa que lleves o la música que escuches. No importa tu perfume, ni tu color de ojos. Si eres más o menos alto, más o menos rápido. Importa que en tu paso por la vida, por esta vida, hagas algo que cuente. Hagas algo que merezca la pena y pongas todo tu coraje, valor y corazón en ello. Porque los más grandes se han caído cien veces y se han levantado ciento una.

A veces cuando escribo también me pasa, me estanco. Me ocurre a menudo en mi vida, el deseo de tener todo bajo control sólo nos conduce a estancarnos cuando algo falla, no podemos ser tan cuadriculados, pero sí, lo somos. Muchos de mis lectores saben que soy de Zaragoza y en esta ciudad tenemos el maravilloso río Ebro que ahora está mas furioso que nunca, se desborda, ahoga animales y campos, destroza… El pasado domingo me acerqué a verlo y me vino a la cabeza una canción de Supersubmarina, “puedo sentir la furia desencadenada en contra de lo que hace que se mueva mi corazón. Sístole, diástole. Como una bomba a punto de reventar en mi interior. Si noto que se acerca tu adiós.” 

No me preguntéis el por qué de esta canción, ni tampoco el relacionarla con esta situación. Siempre he sido algo rara, especial. Imagino que sería por la fuerza con la que iba el agua que se asemejaba a la fuerza con la que unos sentimientos positivos o negativos pueden recorrernos el cuerpo, los besos que calan los huesos y las despedidas que anegan a mares de lágrimas los rostros.

¿Nunca os ha pasado el tener un sentimiento de frustración que no os deja descansar ? A veces luchas a capa y espada, das todo y más. Haces todo lo que está de tu mano, ¿para qué? Yo tengo un defecto. Un GRAN defecto, no sé de quién lo he heredado o si ha sido la educación que he recibido la que me hace creer y pensar que todo el mundo es como yo. Soy una confiada. Confío en que si me dices que mañana vas a venir, vendrás. Confío en las personas que me dicen que harán lo necesario por mí. Confío, confío y a veces me vuelvo una idiota. Hay acciones, actitudes u otras muchas cosas que yo soy incapaz de hacer, y caigo en la cuenta de que no porque yo sea incapaz de hacerlas, el resto del mundo será incapaz de hacerlas. Y es ahí cuando llueven las decepciones, cuando dar sin recibir parece la carrera de footing que hago cada mañana al despertarme y la poca vergüenza de la gente es el zumo de naranja de cada desayuno.

Estoy enfadada. Enfadada con el mundo. Contigo. Y en juicio conmigo.

Porque yo no soy santa, ni tampoco soy perfecta, ni mucho menos sé de la vida. Es más, lo poco que sé de la vida está en los escalones que yo sola he superado, en las canciones que me han acompañado, en las experiencias, en mis viajes, en esos ojos desconocidos que empiezan por un ”hola” y acaban en un amigo, amigos de esos, pasajeros, que ves una vez y quizás ya no vuelvas a cruzar. Esa gente tiene derecho a decepcionarme, a fallarme, porque en un momento todo puede cambiar. Pero esas personas por las que arriesgas, arriesgas y arriesgas y no ganas. Esas personas no tienen derecho.

Así que HOY he visto el sol en mis pestañas y he recordado por qué estoy aquí. Me he dado cuenta de que nunca llueve eternamente y que, además, yo llevo paraguas de serie. Porque es así: no existe ni un sólo conflicto que haya durado para siempre en la Historia de la Humanidad, ni un solo ser humano que haya sido desgraciado eternamente, ni una sola noche tras la que no haya salido el sol.

Sin título

Hay muchos tipos de noches. Las estándar duran unas siete horas de media. Hay noches encadenadas, noches que duran meses. Hay noches con estrellas (¡o incluso con luna llena!), y noches negras como el petróleo. Pero, al final, siempre sale el sol, para los que quieren, y para los que no.

El sol puede ser cruel para una persona, porque deja al descubierto algo más que las ojeras. Cuando sale el sol, hay que cargarse las penas a la espalda y hacer el kamikaze un rato. Porque no queda otra cosa más que eso. Y a veces es difícil. Y a veces crees que no (y luego ves que sí).

Hoy he puesto un pie detrás de otro y me he parado un momento a escuchar (literalmente) mi corazón. Porque, dicho sea de paso, el corazón no dice nada: no piensa, no aconseja, no dialoga. El corazón, si acaso, nos empuja, nos obliga, nos encadena, nos libera, nos abre, nos cierra. Pero decir, no dice mucho.

Sin título

He escuchado mis latidos, sus latidos, y he pensado qué trabajo tan aburrido el del corazón. Qué trayecto más corto el que va de un “pum” a otro “pum”. He sentido que lo admiraba por no quebrarse de verdad, tan sólo figuradamente. Por ser el órgano más fiel y cabezota que tengo.

Hoy he visto el sol en mis pestañas y me ha dado por pensar que quizá aún no sé muy bien quién soy. Ha sido un consuelo, francamente. Saber que aún no soy nada inamovible, que puedo dejar de ser desconfiada, o amable, o neurótica, o escéptica. Que puedo volver a serlo o no serlo nunca más. Que puedo hacer algo que jamás hubiera hecho ella. Que voy dejando “ellas” por el camino, y eso me parece tan fantástico…

Hoy he visto el sol en mis pestañas y he sabido que lo más útil en la vida no es mirar hacia delante, ni hacia los lados, ni (¡por favor!) hacia atrás: hay que mirar(se) hacia dentro. Porque la mayor parte del sufrimiento es evitable, y todas las soluciones son propias, no ajenas.

Hoy he visto el sol en mis pestañas y, acto seguido, me he ido a hacer la mayor locura que uno puede escoger hacer:

Vivir.

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