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Hormonas. Impulsos. Animales.

Encontrar el sentido a algunas cosas es solo para dioses.
 Y efectivamente, todo debe ser un juego.

Es curioso como la mejor frase de la noche ha salido de una boca desconocida: ‘Y luego dicen que no somos animales’, decía, suave, con su acento andaluz. A lo lejos algunos dibujaban la silueta de sus puños en mejillas ajenas.

Y que cierto es. Nos puede el ansia de sangre, de cuerpos retorciéndose al amanecer, de uñas clavadas en espaldas y hogueras quemando iglesias.

Instintos. Impulsos.

Suelo definirlos como la fuerza demoledora que a nada le teme, que todo lo quiere. Insaciable, poderosa. Es ella la que se regocija y clama victoria cuando la piel encuentra otra piel. Cuando la debilidad de la carne se pone en paralelo con la racionalidad. Es decir, cuando el sentido común queda interferido, nublado por un montón de ondas y sonidos y sabores y rayos laser que nos dirigen hacia el camino equivocado.

Impulsos.

Pero que hasta los senderos malos hay que recorrerlos. Y que tener el volante no evitará que la velocidad se acelere, que el corazón palpite, que la sangre se mueva. Cálida, maldita: condenada.

Mezclarse con ellos, los impulsos, o no, no es cuestión de fuerza de voluntad o raciocinio. De ello depende algo tan poderoso como es la visión que se tenga de la propia vida. De si es ahora o es mañana. O de si, por el contrario, queremos salvar el ayer. Y, a pesar de ello, el espacio-tiempo nos hace jugar malas pasadas al juntarse con las hormonas.

Ellas, capaces de aniquilar todo sentimiento puro que habite en nuestro interior. Ellas, capaces de hacer vibrar cada esquina, cada recoveco, cada curva de nuestro cuerpo.

Ellas, que destruyen castillos con solo una mirada, que quiebran puentes y corazones, que tienen el poder de hacer amigos y enemigos por igual. Ellas y siempre ellas.

De nada sirve culparlas. De nada sirve negarlas. De nada sirve enfadarse con ellas. Siempre acaban apareciendo para hincar el diente, dar donde duele.

 Hormonas. Impulsos. Animales.

 Tener 22 años es uno de los chistes más graciosos que tiene la vida.

 

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