Arriba

El mejor tiempo es el ahora.

Corrí con mucha prisa llena de dolores. 
Hasta que entendí que en la quietud es cuando más se avanza.

Estamos muy engañados, somos demasiado ilusos, estúpidos, tontos. Vivimos pensando que la vida es una pila que nunca se agota, que somos seres inmortales y que lo malo sólo le pasa al de alado. Somos seres ignorantes que nos hace al mismo tiempo ser débiles, sólo nos arrepentimos de lo que ha pasado cuando ya es demasiado tarde. Tenemos costumbres, malas costumbres.

Somos expertos en dejar para luego, en reír poco, criticar más y querer hacer todo mañana. Cuando no somos capaces de darnos cuenta de que nos encontramos ante un futuro incierto, hoy tienes todo y mañana, pierdes todo. Parece que cuando éramos bebés y empezamos a hablar, las palabras que nos enseñaron antes que mamá y papá, fueron los luegos y no los ahoras.

Luego te llamo, luego nos vemos, luego vamos, luego lo hacemos. Y evidentemente nunca llamó, nunca escribió, nunca nos vimos, nunca fuimos y nunca lo hicimos.

” La llamaré mañana, hoy se me hizo tarde, y esta forma tan cobarde de no decirnos que no “

Algo similar nos pasa con los sentimientos. Vivimos en una burbuja. Digo burbuja, porque cada día veo más mentes vacías flotando en este mundo, esperando a que les caiga del guindo algo con lo que llenar esos espacios vacíos y sentarse, sentirse. Parece que querer está mal, ya no se lleva. Se lleva más lo de darnos besitos en las esquinas con gente desconocida, gente que se ahoga en los hielos de nuestra copa una noche cualquiera, mientras nuestra pareja está en la cama, de viaje, en otro lugar.

Querer, queremos, pero lo hacemos tarde. Valoramos tarde y pedimos perdón demasiado pronto. Cada vez soy más partidaria de unas tarjetitas con un número limitado de perdones. Perdonar nos hace grandes, pero cuando se tiene que perdonar cada día, al fin y al cabo un lo siento pasa a ser un comodín perfecto para cualquier pretexto injustificado e inmerecido.

Tendemos a defender lo malo y descuidar lo bueno. Somos expertos en crearnos pajas mentales y suponer lo que jamás ocurrió, y hacer un máster para descubrir verdades no estaría de más. Somos superficiales, infinitamente falsos. Cuidamos “amigos” porque sí, por el miedo a quedarnos solos, nos comprometemos a asistir a citas a las cuales no nos apetece nada ir, tenemos la manía de sentirnos mal por decir no y sentirnos mejores por decir sí, aunque queramos decir no.

Parece que hasta que no nos pasa algo malo no reaccionamos. Nos basta con que nos diagnostiquen un cáncer, nos den una mala noticia, un ictus nos deje con medio cuerpo paralizado o nos comuniquen que un ser querido ha fallecido para coger las riendas de nuestra vida y empezar a vivir cada segundo a fondo, y disfrutar de cosas tan simples como ver un amanecer, hacer con ganas y con esmero el trayecto de tú casa al parque o apreciar cada luna que abrazas en tu almohada. Descuidamos las cosas diarias sin darnos cuenta de que los pequeños detalles es lo que al fin y al cabo cuenta.

Nos quejamos, nos quejamos por lo que nos pasa y por lo que no y echamos la culpa al prójimo, porque yo, yo soy perfecto y nunca hago nada malo ni me equivoco. Siempre es la otra persona. Y ojo que no me salpiquen tus actos, porque entonces te declaro una guerra sin bandos.

Volviendo al querer y al sentir, a penas decimos te quiero y cuando lo hacemos por primera vez, lo premeditamos. Demasiado. Es como, ” que va a pensar, se va a echar a correr y saldrá atemorizado”. ¿Atemorizarse? ¿De qué ? ¿Cómo una persona puede salir corriendo porque alguien le quiera?

Atemorízate el día que te vayas a la cama lleno de vacío.

Atemorízate cuando no puedas darle besos y abrazos a tu madre y a tu padre.

Atemorízate cuando no le digas a esa persona lo especial que es para ti.

Atemorízate cuando las defensas de tu cuerpo se hayan vuelto inmunes al mal ajeno.

Atemorízate cuando no ayudes a nadie ni aportes nada a esta sociedad.

Atemorízate cuando veas algo malo y no hagas nada para remediarlo.

Atemorízate, porque estás muerto.

Cargamos bolsos y mochilas llenos de cosas innecesarias, trabajamos demasiado, nos creemos mejores que los demás, reímos y bailamos poco, fumamos mucho y respiramos a medias. Vamos caminando con la mirada fijada en un smartphone que nos muestra irrealidades, sin darle importancia a lo bello que nos rodea.

Comemos más de lo que nuestro cuerpo necesita y nos auto convencemos en empezar dietas e ir al gimnasio la semana que viene, siempre la semana que viene. Nos cuidamos cuando ya es demasiado tarde y muchas veces, no llegamos a tiempo. Creemos que el cuerpo de aquella es mejor que el nuestro y que su suerte es nuestra desdicha, sin saber que todos y cada uno de nosotros somos grandes.

Nos comparamos y nos medimos por nuestra altura, nuestros estudios y nuestros ligues. Confundimos belleza con esqueletos andantes y nos creemos incapaces de lograr nuestras metas cuando son más complejas que las ya superadas anteriormente, porque alguien una vez, de ello nos convenció. Y no fue otra persona mas que tú mismo.

Queremos aprender francés, inglés, alemán, italiano y si me apuras hasta chino, cuando somos incapaces de hablar español. Nos empeñamos en irnos de vacaciones al otro lado del mundo cuando ni si quiera conocemos nuestro entorno.

Estamos acostumbrados a comer basura, matar animales, ensuciar nuestro medio y lavar mucha ropa, cuando lo que deberíamos lavar es nuestra conciencia. Hablamos demasiado (y muchas veces sin saber) y escuchamos muy poco. Damos consejos como quien da un folleto de propaganda en el Paseo Independencia sin ser conscientes que damos, y para nosotros nos tenemos. Somos muy impacientes y cuando algo no nos sale a la primera, lo aparcamos, lo dejamos de lado. No luchamos. Creemos saber todo y realmente, no sabemos nada.

Escribimos muchos mensajes virtuales, exponemos nuestras vidas en las redes sociales

dormimos más de la cuenta

y queremos poco.

Nos pasamos media vida o vida entera, soñando esa vida perfecta que nos gustaría tener. Cuando somos ajenos a que realmente la vida perfecta es ahora. Es cada momento, cada instante de los segundos que marca el reloj de tus días. Es cada oportunidad, cada sonrisa, cada beso y cada vez que te enamoras. ¡ENAMORÉMONOS TODOS LOS DÍAS DE NUESTRA VIDA! No pongas barreras a tu corazón y deja los prejuicios para aquellos que llevan el cartel de cobarde escrito en tinta permanente. Ni con disolvente se va.

Empieza a acostumbrarte a esta vida que a veces es dura. Terriblemente dura. Pero no te lamentes ni te vayas nunca a la cama habiendo hecho daño alguien. Habiendo dejado para luego esos ahoras que nunca llegaron. No habiendo cumplido ese sueño que tanto querías, no habiendo hecho unos kilómetros de más ese día porque tu cuerpo estaba cansado. No permitas que alguien fallezca para luego recordarlo y decirle mirando su foto, cuánto le querías. No dejes que la rutina o la sensación de eternidad descuide lo verdaderamente importante de tu vida.

En definitiva, no dejes que los malos hábitos sean los invitados de honor en los días que te quedan por vivir a partir de hoy.

Hazlo ahora, no mañana.

Quiere siempre. 

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