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AGUA PASADA, TIERRA QUEMADA.

“Lo peor del amor cuando termina
 son las habitaciones ventiladas,
 el solo de pijamas con sordina,
 la adrenalina en camas separadas.
Lo malo del después son los despojos
 que embalsaman los pájaros del sueño,
 los teléfonos que hablan con los ojos,
 el sístole sin diástole ni dueño.
Lo más ingrato es encalar la casa,
 remendar las virtudes veniales,
 condenar a la hoguera los archivos. 
Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
 cuando al punto final de los finales
 no le siguen dos puntos suspensivos…”
Joaquín Sabina.


Hay muchas bocas que hablan y dicen que era demasiado difícil, una chica de las que se van, agarran todas sus cosas y ya no las vuelves a ver. También dicen que era algo fría y muy suya, pero no saben que había noches en las que se hubiese abrazado a un pedazo de cielo.

Dicen que se perdió, que no supo cómo reaccionar de manera correcta ante tal situación y por eso se fue por la puerta trasera cuando las cosas se torcieron. Pero no saben que en realidad luchó y de la forma más dura que existe: en silencio. Que aguantó el tipo durante más tiempo del que muchos podrían presumir.

Siguen hablando y diciendo que se escaqueó y escapó, pero desconocen que se vio obligada a hacerlo porque tuvo que elegir entre la integridad de su salud mental y la lealtad anteriormente profesada. No saben que en realidad no se lavó las manos, sino que puso todo su empeño tirándose de cabeza y dando hasta el cuello al final.

Dicen que ella despertó algo en él, y lo transformó y reinventó convirtiéndolo en la mejor versión de sí mismo, para luego aplastarlo cruelmente. Pero no saben que en realidad le regaló un trocito de su alma, de su tiempo y de su fe, y que eso ya ni se devuelve ni caduca. Es un regalo para toda la vida del cual no se admiten devoluciones.

Dicen ella chupaba toda la energía que había en su entorno, que la consumía en un pestañeo, lo que dura un suspiro, pero no saben que necesitaba esa energía para vivir porque poco a poco se iba desgastando por el camino.

Dicen que no se mantuvo en pie, que no fue firme y dejó que las promesas de antaño se derritiesen y diluyesen, pero no saben que fueron precisamente esas promesas las que casi acaban con ella y que en realidad no tuvo más remedio que huir.

Dicen que ella se creía que era todo pero no saben que se sentía como si fuese nada.

Dicen que se olvidó de ese nombre que había dibujado millones de veces como la tinta que se difumina hasta desaparecer en un papel mojado. Pero no saben que llevaba esas seis letras tatuadas en el lugar más permanente de todos, en la memoria.

Dicen que las carreras de fondo nunca fueron lo suyo. No saben que lo suyo son las distancias cortas porque cuanto más cerquita mejor.

Que parecía que nada corría por sus venas, que era como una piedra y que sólo daba un amor de invernadero, frágil y fácilmente desvanecedor. No saben que, aunque las piedras tardan en calentarse, cuando lo consiguen, guardan el calor de forma natural mejor que nada.

Dicen que se escapó y nunca se supo nada más. Que ahí se acabó para siempre. Dicen y dicen pero no saben qué raro es el día en el que no se acuerda de esos meses y que lo más seguro es que no consiga del todo cerrar ese capítulo para el resto de su vida, porque hay heridas que duelen en el momento y otras que marcan tu vida.

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Dicen que optó por lo fácil.
Que fue cobarde.
Que mintió.
Y que perjuró.

Dicen esto y lo otro. Dicen pero no saben.

 

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