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A tal patrón, tal marinero.

"En el arte de navegar por la vida, 
el hombre sabio distingue 
que lo importante no es cómo soplan los vientos 
sino cómo se ubican las velas."

Parece ser que hoy he llegado a comprender lo que me costó un año entero entender. Y es curioso lo fácil que nos resulta aprender ciertas lecciones y lo difícil que nos resultan otras. “Lo que nos gusta complicarnos la vida”, diría más de uno, como si no fuera ya de por sí bastante complicada.

Y creo que realmente he entendido todo en una simple conversación con un amigo emprendedor, de esas personas enamoradas de verdad con lo que hacen, de esos que llegan y nos marcan, de esos que tan pocas veces nos encontramos pero que tanto disfrutamos cuando lo hacemos.

Estábamos hablando de lo que a veces no cuesta lanzarnos a hacer aquello que realmente nos gusta y apasiona, que la vida está muy mal pero que siempre tiene que haber una persona o muchas que empujen esta patraña de noticias negras, caras tristes y a veces no te queda otra y hay que saltar. Hemos hablado y más bien utilizado la metáfora del marinero que se haya en el puerto y que tiene que encontrar ese impulso que le lleve a navegar para llegar a su destino… Y lo que nos cuesta salir del puerto y volvernos vulnerables al estar expuestos a los elementos para que al final el viento no sea favorable y nos acabemos perdiendo por el camino.

Realmente todos tenemos que superar esa prueba de confianza si queremos llegar a entender el sentido de la vida y con ello nuestra propia esencia. “Navegar es necesario, vivir no” porque vivir sin encontrarle el sentido a la vida no es vivir.

Y de repente algo dentro de mí ha hecho “click” porque ya hacía tiempo que había abandonado el puerto y porque me pilló la tormenta a medio camino, esa tormenta que tanto tiempo estuve luchando para que no apareciera y en la que puse todo mi empeño, como todos, pero hay cosas contra las que no podemos luchar. Y porque no me conformé ni lo entendí y allí me quedé varada sin saber qué hacer, sin moverme, porque yo quería que “querer fuera poder” pero como bien sabemos: pocas son las veces que “querer es poder” y nos entra ansiedad porque no lo entendemos y terminamos por bloquearnos.

Y ahí permanecí, parada, sin darme cuenta que el movimiento se demuestra andando y que si permaneces así lo más seguro es que no llegues a ningún lado. Lo cierto es que en plena tormenta nos quedamos quietos creyendo que así pasará más rápido, que el hecho de no hacer nada cambiará nuestra situación. Nada más lejos de la realidad, porque esperamos que las cosas buenas nos caigan del cielo constantemente y no entendemos que igual que vienen se van y que muchas veces tendremos que sacrificar algo para conseguir otras cosas.

Así que coges fuerza y como buen marinero pones todo tu empeño en controlar el temporal, porque sabes que ese instante en el que por fin veas como amanece habrá valido la pena y que los rasguños que hayan podido quedarle a la cubierta ya son parte de su propio encanto y aprendizaje.

Muchas y variadas serán las tormentas que nos encontremos por el camino y muchas veces la realidad no se ajustará con la idea que teníamos. Pero esto no nos hace débiles, al contrario, nos hace humanos, porque al fin y al cabo la vida, la verdadera esencia de la vida es esa, superarte y poder con los elementos, conseguir con tiempo y esfuerzo aquello que un día creíste que no podrías y ser capaz de apreciar el camino que hiciste el día que decidiste que merecía la pena vivir con todo, con las tormentas y los amaneceres porque era necesario para conocerte realmente, para encontrar tu sello personal, tu esencia, lo que te hace ser como eres y vivir de la manera que lo haces.

Y porque está bien que a veces la realidad no se ajuste a lo que queremos, porque nunca sabes si el día que llegues a tu destino te pasará como Colón y que, queriendo descubrir las Indias, acabes por encontrar América.

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